Wolfgang von Schicksal (The Blood Alchemist)Hora: 2:00amPareciera que fueran años los que estoy debajo de estas rejillas con el agua del desagüe corriendo a pocos centímetros de mis pies. Ya está próxima la hora de cambio de guarda en este laboratorio de Central, aunque según escuché hay un alquimista nacional esta noche en las instalaciones. Más divertido aún.
Los guardias comienzan a alejarse, y el eco de los pasos se desvanece en la oscuridad. Es momento de salir de este hediondo lugar.
Demoré una semana en poder conseguir los planos del laboratorio 15 de Central, y 4 días para trazar el plan para poder meterme a este lugar, y poder coger “prestadas” algunas herramientas y recuperar el viejo cuaderno de notas de esa persona. Y pensar que hace algún tiempo podía caminar por estos lugares libremente gracias a mi cargo de alquimista nacional. Pero esos malditos militares vieron con malos ojos mis avances en alquimia médica, y tuve que escapar con toda mi investigación antes que la destruyeran.
Ahora camino sigilosamente por estos pasillos como un ladrón, que molesto. Espero no tener inconvenientes y pueda llevarme esas cosas sin problemas, aunque para qué negarlo, no sería tan divertido así.
No demoré mucho en llegar al lugar, era tal cual el plano y el tiempo preciso antes de que llegaran las visitas. Tras esa puerta están las cosas por las que he venido, no deberá de tomar mucho tiempo más.
Error. Esa habitación no estaba sola, los guardias no llegaban aún, era cierto, pero el premio mayor de la noche estaba sentado frente al escritorio, revisando algunas notas, pude ver su reloj de plata bajo la luz de la lámpara desde donde estaba. La noche se iba a poner algo agitada.
Al cerrar lentamente la puerta aquel hombre de no mucha estatura y de lentes gruesos giró su mirada hacia mí, no me moví, hice un gesto de saludo cordial, sabiendo que la situación era muy tensa en ese momento. El hombre se levantó, transmutó rápidamente su brazo en una extraña arma, sonreí. Me apunto directamente y se presentó: “Mi nombre es Mayor Claus Faroth, y como ha podido ver ya, soy alquimista nacional, preséntese por favor antes de que lo arreste o comience a disparar, de acuerdo a la decisión que tome a partir de adelante.”
“Mi nombre es Wolfgang Von Schicksal, Mayor “retirado” del ejército, vine por algunas cosas a este lugar, así que espero no interfiera si fuera usted tan amable.” Mi ácida cordialidad hacia más tenso el momento. Al ver mis pocas intenciones de dejarme arrestar, Claus presionó un botón rojo que tenía muy a su alcance sin dejar de apuntarme. Las alarmas comenzaron a sonar y varios guardias llegarían al instante. Insisto, la noche se va a poner muy agitada.
El paso de los soldados acercándose era cada vez más fuerte, era inevitable una pelea. “El Blood Alchemist, es un gusto, lástima que será arrestado esta noche, ya que su cabeza sigue teniendo un precio en este país.” La cara de aquel hombre parecía muy inocente como para ser de un alquimista nacional, pero sus palabras eran firmes y no iba a arriesgarme a ser atrapado por nada, cueste lo que cueste.
Los guardias abrieron violentamente la puerta, no pude hacer más que saltar hacia un lado de la habitación e intentar hacerme de algo de protección, ellos comenzaron a disparar y Faroth hizo que detuvieran el fuego, alzó el arma en su brazo e hizo un disparo al techo, el sonido fue estruendoso. “Entrégate o no llegarán más que tus restos a la oficina de Führer.” La amenaza de Faroth me hizo sonreír, estaba arriesgando su vida y la de los soldados tontamente. Esto es guerra.
Mi negativa era muy clara, en ese momento puse las palmas de mis manos contra el suelo, es la hora de la acción. Transmuté el piso rápidamente, todos los soldados incluido Faroth se descuidaron un instante por el movimiento de toda la habitación, corrí hacia los soldados y comencé a atacar, ellos atinaban a intentar dispararme; las armas de fuego nunca fueron un problema para mí, de un simple movimiento de manos esas armas pasaba a mejor vida. Todos los soldados fueron contra mí, mientras el alquimista nacional sólo observaba la pelea desde cierta distancia, seguro analizando cada uno de mis movimientos. Seis de los nueve estaban completamente noqueados en el suelo, pero los restantes eran más duros. La adrenalina corría por todo mi cuerpo, sentí el certero puño de uno de los soldados impactar sobre mi rostro, caí, era momento de comenzar a jugar en serio. El soldado a verme en el suelo se acercó a darme el remate pensándome inconciente. Error más grande. Cogí sus piernas con ambas manos y de un solo chispazo quedaron completamente rígidas, uno menos. Corrí hacia los otros dos, di un salto sobre la pared, cogí la cabeza de uno, y transmuté; el último que quedaba comenzó a correr despavorido luego de ver lo que le había hecho a su compañero, no se iba a escapar. En ese momento sentí un estruendo desde donde se encontraba Faroth, el impactó me rozó el hombro.
“¡Eres un monstruo!” El grito furioso del pequeño alquimista hizo que todo se congelara por un segundo antes de comenzar a disparar rápidamente contra mí. Mi brazo comenzó a sangrar, y podía sentir aquella sangre llegar hasta mi mano mientras evadía cada disparo del Faroth. Transmuté el piso creando una barrera a las balas del alquimista, al instante provoqué que la misma barrera explotara contra él dejándolo sin defensa, salté en medio de la explosión hasta él, ya no pudo hacer nada más, lo cogí del cuello y del brazo armado.
“¿Acaso quieres morir?” Mi voz fue muy calmada en contraste a la situación. El alquimista no hizo más que insultarme y reclamarme lo que le había hecho a ese par de soldados, y también recordarme todos los cargos que el gobierno tenía en mi contra.
Le anulé el arma del brazo con mi alquimia, dejándolo al parecer inutilizado, no quería matarlo en ese momento, me causó una buena impresión a pesar de todo; además necesitaba que alguien le mandara mis saludos al imbécil del Fuhrer.
“No te saldrás con la tuya… ¡maldito desgraciado!” Claus me empujó en ese momento y sacó un arma escondida en su saco con la otra mano, e intentó dispararme. Era un momento crucial. Evadí los tiros y salté nuevamente sobre él, lo cogí de la cabeza, y puse fin a la vida de este terco alquimista. Un perro menos, lamentablemente.
Las cosas por las que vine no estaban tan escondidas, cogí todo y lo puse en mi maleta, incluido ese preciado cuaderno de notas. Mi trabajo aquí ha terminado, hice una pequeña venia a los cadáveres y a los heridos y salí del lugar. Esto sólo ha comenzado.